Corto, sesgado:
Una reunión en la que yo estaba molesta porque alguien, un hombre joven y de buenas intenciones, se burlaba gentilmente sobre mí. En el momento en que empezaba a acallar las risas de los demás al escoger otro blanco, otra mujer de la reunión, yo hacía, de forma mental, que el tiempo se detuviera.
Acogida a ese privilegio, poseía a Ricardo pensando que nadie se daba cuenta. Lo cabalgaba, y nuestros cuerpos no eran más que una sola figura borrosa, textil, roja.
En cuanto el hechizo se rompía y yo tenía que separarme de ese cuerpo sobre el cual yo había ejercido mi tiranía momentos antes, me apartaba esperando que nadie se hubiese dado cuenta de lo ocurrido. Y sin embargo, Ricardo me seguía y a la voz de "¿a dónde vas, princesa?" se acercaba a mí y me ayudaba a ponerme nuevamente mis pantalones de manta.
Y yo me daba cuenta de que él sabía lo ocurrido, que no le desagradaba y que, en contra de mis certezas más antiguas, yo le gustaba...
Siguió, no recuerdo qué más. Luego me desperté.