grabado de Alec Dempster

jueves, diciembre 16, 2004

¿Otra vez tú?

Corto, sesgado:
Una reunión en la que yo estaba molesta porque alguien, un hombre joven y de buenas intenciones, se burlaba gentilmente sobre mí. En el momento en que empezaba a acallar las risas de los demás al escoger otro blanco, otra mujer de la reunión, yo hacía, de forma mental, que el tiempo se detuviera.
Acogida a ese privilegio, poseía a Ricardo pensando que nadie se daba cuenta. Lo cabalgaba, y nuestros cuerpos no eran más que una sola figura borrosa, textil, roja.
En cuanto el hechizo se rompía y yo tenía que separarme de ese cuerpo sobre el cual yo había ejercido mi tiranía momentos antes, me apartaba esperando que nadie se hubiese dado cuenta de lo ocurrido. Y sin embargo, Ricardo me seguía y a la voz de "¿a dónde vas, princesa?" se acercaba a mí y me ayudaba a ponerme nuevamente mis pantalones de manta.
Y yo me daba cuenta de que él sabía lo ocurrido, que no le desagradaba y que, en contra de mis certezas más antiguas, yo le gustaba...

Siguió, no recuerdo qué más. Luego me desperté.

sábado, octubre 30, 2004

Amor que ahí estás...

Sólo recuerdo el final.

Yo devenía una especie de mucama, de criada en una casa antigua, en un tiempo que no era el presente. Recuerdo haber estado vestida con un delantal, y que mis ropas eran faldones amplios, mangas largas, cuellos abotonados, pero todo florido, discreto. Mis cabellos estaban recogidos en la nuca.
Nunca veía a los dueños de la casa.
Yo sabía que mi amor pronto vendría a estar conmigo. Además, su madre, que era la cocinera de la casa, me aceptaba y entre las dos había un gran cariño. Reíamos y nos hacíamos bromas ante la reprobación de una tercera mujer presente en la escena, supuestamente amiga mía, pero a la que había que ocultarle mi situación.
De repente, alguien me decía, o yo calculaba, no lo recuerdo, que mi amor ya había llegado.
Yo subía a mi cuarto, o más bien mi departamento, en una zona exterior de la casa en altos. Cargaba una charola con dulces que ponía en una repisa.
Yo entraba pensando que no debía de esperar tanto, y efectivamente, no había nadie en mi cuarto...
Caminaba hacia la recamara, sintiendo una gran decepción, pero pensando que para que se realicen las cosas no hay que esperar nada. Ser pesimista.
De pronto, yo volteaba a ver la puerta del baño, y me preguntaba si sería posible todavía esperar a que estuviera adentro. Yo miraba la perilla de la puerta con una gran intensidad y una gran esperanza.
Subitamente esta giraba, y aparecía mi amor, un hombre alto, serio y amable. Gallardo sin ser demasiado guapo.
Yo me tiraba a sus brazos sintiendo un gran alivio, y riendo nos dejábamos caer en la cama.

Me desperté.

jueves, octubre 28, 2004

¿El fin de la humanidad?

Corto pero intenso:

Un cuarto, jóvenes conspiradores. Ya no recuerdo qué había que destruir, u obtener, o construir, pero estábamos ocupando un local que no nos pertenecía, haciéndonos pasar por gente que no éramos.
Extrañamente yo sabía que todo lo que hacíamos era trabajo perdido porque esa misma noche la humanidad sería barrida por una especie de cataclismo. Pude ver, en un corte de imagen, como un temblor sacudía los océanos y, en un acercamiento de la cámara onírica, todo un grupo de pingüinos nadaba en formación huyendo de algo que yo no podía ver.
Todo tenía una tonalidad azulosa.
También sabía que solamente seis personas escaparían al desastre, todos jóvenes y hombres... Uno de ellos era uno de los conspiradores del inicio del sueño, y otro un explorador que en esos momentos se encontraba en el interior de una cueva en el Himalaya. De los demás no recuerdo nada.
La escena regresaba al local de los conspiradores. Todo seguía normal: un control policiaco de rutina que lográbamos evadir. Y sin embargo, yo sabía que todo iba a cambiar. Yo presentía el inicio de la inundación.

Me desperté.

lunes, octubre 25, 2004

Vampiros y tristezas

No recuerdo el inicio del sueño.

Yo caminaba muy lento por un lugar que parecía ser Veracruz: tropical, caluroso, de casas no muy prósperas. Delante de mí caminaban algunas personas que yo sabía de mi familia. Solamente recuerdo a Omar, Fallo, y creo que Sébastien…
Yo me sentía muy cansada, me dolía todo y además cargaba cosas muy pesadas. Yo me decía que siempre he podido cargar todo, físicamente me las ingenio, pero en esa ocasión no lo soportaba.
De pronto me desmayaba, o mejor dicho, me dejaba caer para que los demás me ayudaran. Yo llamaba a Omar y era el único que reaccionaba. Me dolía darme cuenta que los otros no venían a auxiliarme, y lloraba.
Paty llegaba y daba instrucciones de que me llevarán a… no recuerdo. Fallo me ayudaba a caminar, apurándome, pero yo no quería dejar a trás mis cosas, no las que me hacían el camino pesado, sino las personales. De pronto de entre las manos se me caían mis anteojos, cuatro pares, y Fallo quería que los dejaramos atrás y apurar el paso. En ese momento yo me desesperaba y decía "¡Mierda, son míos!" Así pude recuperarlos.
No recuerdo bien a dónde llegamos. Sólo recuerdo que era una casa antigua, de jardín descuidado y exuberante. Oscuro. Yo atravesaba el jardín y subía unas escaleras de cantera rosa para salir al nivel de la calle, para salir de la casa. Al pie de las escaleras y junto a un montón de basura, había un buitre muerto.
Después no recuerdo muy bien. Solamente recuerdo estar intentando salir del Centro Nacional de las Artes en mi coche y acompañada por alguien, una mujer. Salíamos por la reja de los funcionarios y yo creía que, por tratarse de la puerta equivocada, no nos iban a dejar salir, pero lo logramos.
Teníamos que ir a un centro comercial, no muy moderno, y quedábamos de vernos, ella, yo, probablemente alguien más, en cuanto yo estacionara el auto. Cuando yo llegué al piso donde ibamos a encontrarnos, había una multitud expectante, todos mirando algo. Yo rodeaba el pasillo –se trataba del piso superior de un edificio con un vacio en medio- y cuando llegué al ángulo contrario supe de qué se trataba: un muchacho tipo pandilla, blanco y de pelo largo, estaba causando destrozos en las lamparas del edificio. Los guardías trataban de detenerlo, pero él volaba, y extrañamente rebotaba… Yo decía "Es un anarquista" pero en el fondo sabía que era un vampiro, un demonio.
De pronto, las luces del edificio de apagaban y los guardias dirigían hacia él sus lamparas de mano. Yo estaba parada junto al guardía que apuntaba la luz a la cara del demonio. Este miraba en nuestra dirección, y dando un salto enorme atacaba al guardia. Yo trataba de ayudar: no estaba muy segura de mis fuerzas, pero trataba de golpear al vampiro en la cara con una lonchera metálica, de las que usan los niños en la primaria. El demonio esquivó el golpe y me atrapó. Me rodeó con sus brazos y pude verlo de cerca. Nada excéntrico tratándose de un demonio: ojos inyectados, piel verdosa, cabello grasiento, pero joven, con encanto. Trató de morderme, pero a la mitad comenzó a besarme. Yo sabía que a través de ese beso, de esas caricias, me transformaría en lo que él era. Y podía verme a mi misma cambiar de tono de piel, crecer mi pelo, los ojos volverse rojos. Y reconocía en mí misma la capacidad de ser más maliciosa.
El vampiro me besaba y acariciaba todo el cuerpo. Yo respondía a sus caricias y poco a poco arrimaba nuestros cuerpos al borde del centro del edificio. Veía como acariciaba mis senos y estos se pervertían: pequeñas erupciones me aparecían por la piel. En un movimiento rápido, empujaba al demonio por la barandilla. Antes de soltarlo del todo, nos veíamos a los ojos y yo sabía que él me ofrecía quedarse conmigo, compartir cosas. Lo solté.
No quise ver cuando se estrelló contra el piso. Cuando me asomé solamente vi una mancha de sangre circular, roja y brillante. Ningún cuerpo. Sentí tristeza y miedo. Miedo porque me decía que probablemente él regresaría a buscarme.
Mientras tanto, los guardias y el resto de la gente se ocupaba de tres o cuatro adolescentes seguidores del vampiro. Desnudos, enfebrecidos, dispuestos a cualquier cosa por unos billetes o unas monedas. La gente lanzaba billetes al abismo para ver como los muchachos se lanzaban tratando a atrapar los papeles verdes flotantes. O echaban monedas en grandes peceras ocupadas por ánguilas eléctricas y tiburones para probar su avidez cuando alguno de los adolescentes metía el brazo o la cabeza al agua tratando de pescar alguna moneda.
Yo sentía pena por los vampiros, y repulsión por la gente.

Me desperté.