Sólo recuerdo el final.
Yo devenía una especie de mucama, de criada en una casa antigua, en un tiempo que no era el presente. Recuerdo haber estado vestida con un delantal, y que mis ropas eran faldones amplios, mangas largas, cuellos abotonados, pero todo florido, discreto. Mis cabellos estaban recogidos en la nuca.
Nunca veía a los dueños de la casa.
Yo sabía que mi amor pronto vendría a estar conmigo. Además, su madre, que era la cocinera de la casa, me aceptaba y entre las dos había un gran cariño. Reíamos y nos hacíamos bromas ante la reprobación de una tercera mujer presente en la escena, supuestamente amiga mía, pero a la que había que ocultarle mi situación.
De repente, alguien me decía, o yo calculaba, no lo recuerdo, que mi amor ya había llegado.
Yo subía a mi cuarto, o más bien mi departamento, en una zona exterior de la casa en altos. Cargaba una charola con dulces que ponía en una repisa.
Yo entraba pensando que no debía de esperar tanto, y efectivamente, no había nadie en mi cuarto...
Caminaba hacia la recamara, sintiendo una gran decepción, pero pensando que para que se realicen las cosas no hay que esperar nada. Ser pesimista.
De pronto, yo volteaba a ver la puerta del baño, y me preguntaba si sería posible todavía esperar a que estuviera adentro. Yo miraba la perilla de la puerta con una gran intensidad y una gran esperanza.
Subitamente esta giraba, y aparecía mi amor, un hombre alto, serio y amable. Gallardo sin ser demasiado guapo.
Yo me tiraba a sus brazos sintiendo un gran alivio, y riendo nos dejábamos caer en la cama.
Me desperté.