grabado de Alec Dempster

lunes, octubre 25, 2004

Vampiros y tristezas

No recuerdo el inicio del sueño.

Yo caminaba muy lento por un lugar que parecía ser Veracruz: tropical, caluroso, de casas no muy prósperas. Delante de mí caminaban algunas personas que yo sabía de mi familia. Solamente recuerdo a Omar, Fallo, y creo que Sébastien…
Yo me sentía muy cansada, me dolía todo y además cargaba cosas muy pesadas. Yo me decía que siempre he podido cargar todo, físicamente me las ingenio, pero en esa ocasión no lo soportaba.
De pronto me desmayaba, o mejor dicho, me dejaba caer para que los demás me ayudaran. Yo llamaba a Omar y era el único que reaccionaba. Me dolía darme cuenta que los otros no venían a auxiliarme, y lloraba.
Paty llegaba y daba instrucciones de que me llevarán a… no recuerdo. Fallo me ayudaba a caminar, apurándome, pero yo no quería dejar a trás mis cosas, no las que me hacían el camino pesado, sino las personales. De pronto de entre las manos se me caían mis anteojos, cuatro pares, y Fallo quería que los dejaramos atrás y apurar el paso. En ese momento yo me desesperaba y decía "¡Mierda, son míos!" Así pude recuperarlos.
No recuerdo bien a dónde llegamos. Sólo recuerdo que era una casa antigua, de jardín descuidado y exuberante. Oscuro. Yo atravesaba el jardín y subía unas escaleras de cantera rosa para salir al nivel de la calle, para salir de la casa. Al pie de las escaleras y junto a un montón de basura, había un buitre muerto.
Después no recuerdo muy bien. Solamente recuerdo estar intentando salir del Centro Nacional de las Artes en mi coche y acompañada por alguien, una mujer. Salíamos por la reja de los funcionarios y yo creía que, por tratarse de la puerta equivocada, no nos iban a dejar salir, pero lo logramos.
Teníamos que ir a un centro comercial, no muy moderno, y quedábamos de vernos, ella, yo, probablemente alguien más, en cuanto yo estacionara el auto. Cuando yo llegué al piso donde ibamos a encontrarnos, había una multitud expectante, todos mirando algo. Yo rodeaba el pasillo –se trataba del piso superior de un edificio con un vacio en medio- y cuando llegué al ángulo contrario supe de qué se trataba: un muchacho tipo pandilla, blanco y de pelo largo, estaba causando destrozos en las lamparas del edificio. Los guardías trataban de detenerlo, pero él volaba, y extrañamente rebotaba… Yo decía "Es un anarquista" pero en el fondo sabía que era un vampiro, un demonio.
De pronto, las luces del edificio de apagaban y los guardias dirigían hacia él sus lamparas de mano. Yo estaba parada junto al guardía que apuntaba la luz a la cara del demonio. Este miraba en nuestra dirección, y dando un salto enorme atacaba al guardia. Yo trataba de ayudar: no estaba muy segura de mis fuerzas, pero trataba de golpear al vampiro en la cara con una lonchera metálica, de las que usan los niños en la primaria. El demonio esquivó el golpe y me atrapó. Me rodeó con sus brazos y pude verlo de cerca. Nada excéntrico tratándose de un demonio: ojos inyectados, piel verdosa, cabello grasiento, pero joven, con encanto. Trató de morderme, pero a la mitad comenzó a besarme. Yo sabía que a través de ese beso, de esas caricias, me transformaría en lo que él era. Y podía verme a mi misma cambiar de tono de piel, crecer mi pelo, los ojos volverse rojos. Y reconocía en mí misma la capacidad de ser más maliciosa.
El vampiro me besaba y acariciaba todo el cuerpo. Yo respondía a sus caricias y poco a poco arrimaba nuestros cuerpos al borde del centro del edificio. Veía como acariciaba mis senos y estos se pervertían: pequeñas erupciones me aparecían por la piel. En un movimiento rápido, empujaba al demonio por la barandilla. Antes de soltarlo del todo, nos veíamos a los ojos y yo sabía que él me ofrecía quedarse conmigo, compartir cosas. Lo solté.
No quise ver cuando se estrelló contra el piso. Cuando me asomé solamente vi una mancha de sangre circular, roja y brillante. Ningún cuerpo. Sentí tristeza y miedo. Miedo porque me decía que probablemente él regresaría a buscarme.
Mientras tanto, los guardias y el resto de la gente se ocupaba de tres o cuatro adolescentes seguidores del vampiro. Desnudos, enfebrecidos, dispuestos a cualquier cosa por unos billetes o unas monedas. La gente lanzaba billetes al abismo para ver como los muchachos se lanzaban tratando a atrapar los papeles verdes flotantes. O echaban monedas en grandes peceras ocupadas por ánguilas eléctricas y tiburones para probar su avidez cuando alguno de los adolescentes metía el brazo o la cabeza al agua tratando de pescar alguna moneda.
Yo sentía pena por los vampiros, y repulsión por la gente.

Me desperté.